Memorias de un recorrido aprovechado

Por Alfonso Roque

 

La galería Fayad Jamís, del Centro de Arte y Literatura en Alamar, La Habana, muestra por estos días una curiosa colección de instantáneas realizadas por el fotógrafo y académico inglés, James Clifford Kent.

Montada en Cuba por los curadores Balesy Rivero y Jesús Miguel Roura, bajo el titulo "Memorias de un tiburon perdido", la muestra agrupa 16 fotografias en blanco y negro, tomadas a lo largo de una larga y fructífera estancia del Clifford en la Isla. El discurso fotográfico ha sido acompañado por textos escritos especialmente para esta exposición, por Edmundo Desnoes, autor entre otras de la novela Memorias del Subdesarrollo, cuya publicación en 1965 inspirara la película de igual nombre, dirigida por Tomás Gutiérrez Alea.

“Todo tipo de cosas sucede entre amigos,  buenas e incluso malas. Construyamos algo que haga a las personas preguntarse a sí mismas mientras deambulan.” (Edmundo Desnoes, 2013).

La gama de colores seleccionada aquí por Clifford destierra a propósito el colorido de nuestra latitud, con la intención de lanzarnos a una apreciación introspectiva del conjunto objetual que estas placas reproducen.

Lentas o detenidas, las imagenes captadas hablarían por sí mismas; sin embargo, el apoyo de los textos las subraya. Tiene razón el escritor al resaltar la polisemia de estas fotos, que revelan casi tanto sobre el protagonista como sobre el fotógrafo. Muestran cuando menos la soledad del individuo ante la cámara, o el profundo conocimiento de la psicología de los entes retratados, por parte del inglés, que a la par de estas fotos, realizaba un doctorado en estudios cubanos.

“Me miro en la foto. ¿Existo? ¿Soy yo? Me siento en la profundidad de mi garganta, no en el espejo. Me llevo mejor con el ciego que con el sordo y mudo. Podemos comunicarnos con los ciegos – sin embargo la imagen es del cuerpo y sin mi cuerpo no hay pensamiento. Ni conversación.” (Edmundo Desnoes, 2013).

A nivel de espectador, la primera instantánea que atrapó mi atención fue “Ranchero”: ver aquel campesino todavía joven, con las manos destrozadas por el trabajo, con la camisa manchada y rota, mientras con timidez sostiene una punta de ella, como si no le quedara otra cosa que hacer para contenerse. En contraposición a esa foto, encontré la de un escaparate, harto lujoso, en cuyos vidrios se reflejan fugaces varias personas de aspecto pobre: La realidad “tangible” para el dinero, pinta de fantasmas a quienes creen vivir en el mundo real. Muy filosófico el mensaje, y a la par universal.

Luego encontré la foto “Rinky”, en la que la fidelidad se ha convertido en un símbolo de pobreza y humildad. Y espera.

“Reconozco la tristeza tierna en los ojos de ese perro y la alerta de sus orejas verticales. ¿Cómo reaccionaría un perro cualquiera frente a eso? (...). Esta es la imagen tierna de otra criatura también extraviada en el universo. Nos expresamos y vacilamos ante quienes se nos oponen (...). En los trópicos, como en Cuba, solo los perros y los ingleses se atreven a deambular cuando el sol da perpendicularmente sobre todas las cosas." (Edmundo Desnoes, 2013).

Vale la pena llamar la atención sobre la manera en que el fotógrafo confiere un valor especial al color negro de la mirada, dentro del conjunto de las fotos. En “Abuelo”, la profundidad chispeante de los ojos hace quedar en segundo plano el profundo mapa de las arrugas, la presencia del tabaco, aun cuando todas las demas pistas son huellas que francamente nos convidan a "entender". Concretamente, los restos de una motoneta defocada, se suman al desgaste de la piel, siguen la ruta que de manera "ardiente" marca el tabaco a medio gastar... sin embargo, igual que el tabaco no "quema" parejo, y el biciclo persiste en sus servicios más allá de la obsolescencia programada, igualmente el anciano se resiste a envejecer, no solo porque se tiñe el pelo... ahí esta la llama de sus ojos, con aire pensativo y un poco atrincherados, más allá de la desvencijada apariencia de las cosas y del tabaco que no humea.

“¿Está ahí realmente? Sus ojos oscuros buscan contacto, sentido más allá de su propia imagen.” (Edmundo Desnoes, 2013).

En “Guajiro” el muchacho nos mira desde el fondo con pupilas de igual negrura. Su rostro bello en su plenitud, aunque endurecido por los razgos, bajo el sombrero destrozado, carga una cicatriz. Es la imagen de quien regresa prematuramente de su viaje interrumpido, porque ha visto que seguir el sendero es inútil, ya no hay nada que hacer.

Por el contrario en “Heladero” se ve en otro contexto el negro de los ojos. La camisa está intacta, el delantal que lo señala en el oficio de servir, tambien está impecable. La arruga de la frente y la boca entreabierta casi interpelan, ¿feroz? ¿sensual?... pero en el fondo pueden verse los precios. Puede leerse también: Fresa, Chocolate.

Y casi emparentada, lleva consigo similar carga simbólica la instantánea que captó al deambulante que se va. Toda la energía negativa propia de la imagen de un limosnero es recalcada por la blancura de la bolsa, cargada de desperdicios al fin, que él venderá como materia prima. Es como una metáfora de la luz.

Que diversidad ofrecen al conjunto esta foto y la de la vidriera del mercado: En esta, el anciano llenó “la bolsa de las compras” en el bote de los desperdicios; en tanto la de la boutique, parece darnos a entender que ella misma se autointerpreta como constitutiva del mundo real, una versión del mundo en la gente común no está sino como una sombra que rebota el cristal.

“Todo tiene un doble filo, un filo que corta y un borde que renueva.” (Edmundo Desnoes 2013).

La foto “Vida o muerte”, donde las alarmadas figuras de mármol miran una atalaya; la chica arrinconada de la foto “Disney”, con Cenicienta en su ropita, pero sin esperanzas de visitar el famoso parque de Anaheim, California. También está la del niño arrinconado contra una pared que no parece terminar, o la de aquel que llama a un celular desde un teléfono antiguo, mientras se mira en el espejo; y aquella totalmente desgarradora del anciano vendedor de maní. Enumerarlas hace regresar a verlas otra vez.

Estos dos últimos individuos y el perro constituyen los únicos casos cuyos ojos claros se transparentan, y a la vez constituyen el hito donde la desesperanza resulta más evidente.

“Los piratas como metáfora, enriquecen nuestra experiencia, y permiten explicar la fuga (...). Correr por la orilla del mar ha sido siempre un sueño que habita nuestras vigilias.” (Edmundo Desnoes, 2013).

Quizá la reina de estas fotos sea “Damas de honor”. El cuadro muestra una sucesividad de imágenes que le confieren gran profundidad al conjunto, llamando al cerebro que decodifica el mensaje a comenzar el deambular interpretativo. En primer plano, las chicas, puras y bellas, al fondo la maraña de tallos de un árbol retorcido y a su sombra, una anciana y un adolescente, a todas luces pobres. Como un parteaguas puede verse un automovil de ensueño... norteamericano... fabricado en los años ’50. Es como si entre una realidad venida a menos y los sueños por realizar representados en las damitas de una boda, se interpusiera un viaje en el tiempo hacia un momento detenido en el pasado, símbolo de un transcurrir natural más interrupto que detenido, donde el ramo de la novia quedó atrapado bajo un cristal, mientras el fondo es de tormenta.

Y como conclusión, precísamente en una toma cenital, el dominó, una manera casi “nacional” de malgastar el tiempo, dejarlo derretir como un helado al sol, mientras la arena traga lo que no volverá... y aquella otra que reza: Fin de siglo!

“Compraba mis pañuelos en Fin de Siglo. Esa fachada de los años cincuenta, como la proa de un barco, parece que arremete contra el decorado de un pasado obstinado.” (Edmundo Desnoes, 2013).